Un nuevo panorama político y los desafíos para la cultura cannábica en Colombia

Con 250.000 votos de diferencia sobre Iván Cepeda y con el 99,98 % de las mesas informadas, el candidato Abelardo de la Espriella se posicionó como el nuevo presidente de los colombianos, en un cabeza a cabeza que tiene literalmente a medio país en vilo.

Y no es para menos. Según el propio Abelardo, durante su mandato enfilaría sus esfuerzos con el objetivo de “destripar” todo lo que huela, suene o signifique algo cercano al comunismo. Un concepto etéreo que desde su campaña fue estigmatizado y banalizado hasta tal punto que sirvió para dibujar una caricatura tanto del ciudadano con conciencia social como del político que trabaja por la paz o los derechos humanos, convirtiéndolos en enemigos internos fáciles de señalar cuando los argumentos escaseaban.

Ese fue solo uno de los artilugios utilizados durante una campaña respaldada por una poderosa maquinaria publicitaria que fabricó un producto de marketing fácil de vender y que terminó convenciendo a más de doce millones de colombianos de elegir sin necesidad de analizar demasiado: bastaba con sentir, gritar y hacer el saludo militar. Un saludo que se apropiaron descaradamente, al igual que muchos otros símbolos, propios y extranjeros, que terminaron mezclados en un revoltijo de significados especialmente diseñado para ser consumido por personas que no saben a dónde pertenecen.

Abelardo de la Espriella – Imagen El Espectador

Estos resultados sugieren que aún existe una profunda desconexión con nuestra historia, nuestras raíces y la diversidad cultural que compone al país. El problema sigue siendo el mismo: el acceso a la educación y a la información veraz.

Es ahí donde el activismo y la recuperación de la memoria adquieren una importancia fundamental. Es ahí donde informarse adecuadamente sobre lo ancestral y sobre las prácticas de nuestros pueblos originarios se vuelve indispensable. Es ahí donde continuar con la labor de difundir el conocimiento científico y las razones sociales que sustentan el movimiento cannábico cobra un valor estratégico.

¿Qué significan estos resultados para la industria del cannabis?

Para quienes llevamos tiempo observando los movimientos, grandes y pequeños, que se producen dentro de la cultura y del mercado del cannabis, resulta evidente que esta es una industria que ha resistido las épocas más restrictivas y los gobiernos más violentos. Se trata de una historia que se remonta a más de 5.000 años y que hoy cuenta con abundante evidencia científica que respalda esta relación milenaria entre los seres humanos y la planta, así como muchos de sus beneficios. Sin embargo, la ignorancia permanece intacta en buena parte de nuestro país.

Durante el próximo período presidencial será más difícil lograr avances significativos en los propósitos políticos y legislativos relacionados con el cannabis en Colombia. Su legalización y regulación probablemente se verán ralentizadas y aplazadas una vez más por intereses ajenos a las realidades sociales, alimentados por temores infundados y por falacias relacionadas con la protección de los menores, el supuesto acceso a drogas más fuertes o las dudas sobre sus beneficios medicinales.

Desde la Presidencia hacia abajo seguirán difundiéndose múltiples mitos sobre el cannabis y la coca, reforzando la creencia de que continúan siendo plantas asociadas exclusivamente al daño y la destrucción. Desde el Gobierno nacional podrían recrudecerse las fumigaciones con glifosato, a costa de la salud de miles de campesinos, tal como fue anunciado durante la campaña. Su intención no parece ser escuchar razones; sus sesgos ideológicos les impedirán comprender el momento histórico que atravesamos y la oportunidad social y económica que representan estas plantas para Colombia.

Será un momento difícil, sí, porque la persecución y el señalamiento de personas vinculadas al mundo del cannabis podrán aumentar en comparación con este tiempo vivido bajo un gobierno de izquierda que tampoco supo aprovechar plenamente la oportunidad de consolidar temas tan importantes como el Punto 4 del Acuerdo de Paz con las extintas FARC. Un punto que contempla la sustitución voluntaria de cultivos de uso ilícito, el tratamiento del consumo como un asunto de salud pública y el fortalecimiento de las comunidades rurales afectadas por la economía de las drogas.

Nos queda entonces plantar pie frente a este nuevo panorama y continuar en la lucha, construyendo desde el barrio y la vereda, difundiendo la cultura desde el conocimiento científico y la tradición ancestral que nos pertenece. Reconociendo la importancia de las plantas de poder en muchos aspectos de nuestras vidas y el derecho de los seres humanos a encontrar alivio por fuera de los monopolios del sistema.

Solo así podremos atravesar este cuatrienio que promete el regreso de épocas en las que fumarse un churro podía convertirse en una sentencia de muerte en cualquier esquina de nuestras ciudades y cultivar un par de plantas era suficiente para ser tratado como un criminal.

La historia del cannabis en Colombia ha sobrevivido a la prohibición, a la violencia y a la estigmatización. Sobrevivirá también a este nuevo ciclo político. La pregunta no es si la cultura cannábica resistirá, sino si seremos capaces de organizarnos, educarnos y fortalecer nuestras comunidades para que, cuando vuelvan los tiempos favorables, encontremos un movimiento más fuerte, más consciente y más preparado para ocupar el lugar que le corresponde en la construcción del país.

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